La “Mafia del poder” estuvo en primera fila con AMLO

Por Arturo Rodríguez Garcia/

CIUDAD DE MÉXICO (apro).– Los primeros contingentes se instalan en el Zócalo. A las 11:00 de la mañana, procedentes de diferentes zonas del país, pequeños tumultos que intentan ganar espacio privilegiado en la celebración a un año de la victoria electoral.

El gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador organizó la concentración masiva que entre “informe” simbólico no legal y festejo partidista, resuena poco después del mediodía en los acordes de ¡Morena!, el rítmico himno popularizado entre simpatizantes obradoristas por la banda de Tlaxiaco que más tarde tendrá su participación estelar.

Las seis horas desde el arribo de los primeros contingentes transcurren entre incidentes para el registro:

Ambulantes que colocan cartelones auto adscribiéndose indígenas y que acusan represión cuando son retirados, manoteos por pasar primero, y el arribo de contingentes con porras, batucadas y reivindicación de consignas enaltecedoras de dirigentes sólo conocidos en sus comunidades de origen que se mezclan con la tradicional “es un honor, estar con Obrador”.

Caminan a tramos y paran para la nueva consigna a través de los cuadrantes del centro histórico que hoy, como ya es costumbre de la llamada “Cuarta Transformación”, no tiene despliegue de granaderos, vallas metálicas, formaciones policiacas, equipos antimotines ni arcos de seguridad. Acaso un breve despliegue de agentes de tránsito y policías de la ciudad, agilizan el paso de personas y vehículos.

En todo el rigor policial está ausente, excepto en torno a Palacio Nacional, donde agentes de la recién creada Guardia Nacional se aproximan a puertas y estancias, vigilantes a la distancia del paso que, por el extremo derecho del templete, facilita el acceso a los potentados, antigua “mafia del poder” asimilada hoy como cada sexenio, a la parafernalia presidencial.

Para Carlos Slim, Emilio Azcárraga y el compadre, Miguel Rincón, hay lugar asignado al frente por el que no tendrán que esperar.

El resto se distribuye entre colores guinda del morenismo, rojo y amarillo del petismo, cartulinas de tinta corrida por el aguacero, y entre todas las pancartas y cartelones, destaca por ser la más grande, una bandera del arcoíris que ondea con fuerza por la ventisca que sigue a la lluvia inquietante una hora después del mensaje presidencial.

A las 4:00 de la tarde, el Zócalo está casi repleto, semivacío del lado de Palacio, desbordada en el extremo opuesto, allá por el Monte de Piedad.

***

Minutos antes de las 5:00 de la tarde, el presidente López Obrador sale por la puerta del Patio Mariano y atraviesa una valla multitudinaria de gente que lo quiere saludar.

Pero él pasa rápido, saluda sin entretenerse tanto entre marmotas y música popular, acompañado de su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, que lo sigue y, cinco minutos después ya está en la escalinata que lo conduce al templete, donde le abre paso una colorida calenda, uno de los toques indigenistas del festival.

Esa calenda con coreografía de calidad escolar es el último de los actos programados desde que a las 3:00 de la tarde inició la presentación del flautista Horacio Franco; continuó con la banda de Tlaxiaco y terminó con Margarita la Diosa de la Cumbia, todos tan próximos a las concentraciones emblemáticas de López Obrador.

Los de Tlaxiaco tocan con El Necio, la canción que Gutiérrez Müller le grabó en estudio a su marido en campaña y que se usaría desde entonces para el encomio de su búsqueda por la Presidencia, 18 años en total, y que hoy sirve para lo que más tarde el mandatario afirma como “el triunfo de nuestro movimiento”, cuando la lluvia haya dado tregua y a las 5:04 de la tarde inicia el mensaje que terminará con un Zócalo asoleado.

El dato lo aporta la periodista Laura Sánchez Ley en Twitter: el acto costó casi 3 millones de pesos, y se entregó a una contratista como persona física, identificada como Jazmín Adriana Bolaños López.

***

El discurso es Informe informal por rubros. Cada decisión (quitar pensión a expresidentes o bajarse el sueldo a la mitad); extinguir el Estado Mayor, el Cisen, Los Pinos como residencia oficial, el Consejo de Promoción Turística o aplicar la austeridad republicana en vehículos y aeronaves es aplaudida.

A su espalda, Beatriz Gutiérrez Müller, el líder cameral Porfirio Muñoz Ledo y la jefa de gobierno capitalino Claudia Sheinbuam; al frente, miles de personas que son identificados con el (su) movimiento, que identifica como protagonistas de “la hazaña colectiva” con que alude al 1 de julio de 2018.

Su idea es refrendar el compromiso, dice, de “no fallarle al pueblo de México”.

Más allá de las cifras en programas sociales o datos de fortalecimiento económico, López Obrador arenga y despierta las ovaciones en sus mensajes políticos.

Y es que, en el mensaje, acusa un “sabotaje legal” de aquellos a los que designa “nuestros adversarios” al referirse al aeropuerto de Santa Lucía, y aunque afirmó que será cuidadoso, las obras iniciarán a más tardar este mes.

Ahí encomió a las Fuerzas Armadas por su “patriotismo” y les reconoció por asumir “el desafío” de garantizar la seguridad pública respetando los derechos humanos.

Se refiere también a la economía que, afirma, avanza poco a poco, con signos de crecimiento y desarrollo económico, porque en su plan, es claro, convertirá a México en una potencia económica.

Habla luego de los pendientes como la búsqueda de desaparecidos, justicia por Ayotzinapa, la protección de periodistas y defensores de derechos humanos, así como la recuperación de cuerpos en Pasta de Conchos.

Entonces sigue con su política exterior y particularmente con su relación con Estados Unidos, que afirma, sirvió para evitar la confrontación y presumir que ya se ratificó el tratado comercial con Estados Unidos y Canadá.

Y aunque asegura haber cumplido 78 de los 100 compromiso que hizo el 1 de diciembre, finalmente, se da espacio para la autocrítica:

Falta mejorar el sistema de salud; debe crecer más la economía y todavía se mantienen los niveles de violencia que, dice, “nos heredaron”.

López Obrador se dice entonces optimista y considera que a más tardar este año arrancará “de raíz el régimen corrupto”.

López Obrador sabe que le habla en el Zócalo a su base de apoyo y entonces declara:

“Les confieso que mi activismo, mi loca pasión tiene un fundamento racional, aunque no lo piensen así mis adversarios. Considero que entre más rápido consumamos la obra de transformaciones, más tiempo tendremos para consolidarla y convertirla en hábito democrático, en forma de vida y en forma de gobierno”.

Y entonces sigue con la consideración política, la declaración de no querer ser un dictador, sino instaurar una democracia, gobernar para todos sin privilegio para ninguna facción y decretar sentadas las bases, identificando a sus adversarios como corruptos, para un cambio irreversible:

“Creo que debemos trabajar a toda prisa y con profundidad porque, si desgraciadamente regresara al poder el conservadurismo faccioso y corrupto –toco madera–, ni siquiera en esas circunstancias podrían nuestros adversarios dar marcha atrás a lo establecido y ya logrado en beneficio del pueblo”.

Sigue la despedida, citando la inscripción de Culhuacán, que promete la prevalencia de México Tenochtitlán y tres vivas a México, el Himno Nacional que marca la despedida de contingentes desperdigándose por el centro histórico, de regreso a los camones, atestando el Metro y dejando atrás el Zócalo, sobre el que empiezan a caer las sombras del anochecer.