Los independientes. Javier Corral Jurado

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De pronto muchas voces se pronunciaron ponderando las candidaturas independientes. Buen signo de que empieza a digerirse el significado de que ciudadanos sin la estructura de los partidos, logren imponerse sobre éstos; sobre todo en el modelo mexicano de medios de comunicación. De esas expresiones me sorprendió que desde el Presidente de la República hasta varios de los legisladores de su partido que más se opusieron a esta figura, hayan celebrado como si fuera suya la batalla legislativa, como si en su creación hubieran depositado toda su voluntad y no la resistencia feraz como en realidad sucedió. 

Mas allá del oportunismo, lo importante es que la figura está instalada en el sistema electoral como un instrumento viable de participación e integración de los órganos del poder y no sólo como declaración constitucional entre los derechos del ciudadano que incorporó la reforma política de 2012. Los que la promovieron con ahínco, que luego se sintieron decepcionados por las rebajas que se le hicieron y las restricciones impuestas asumiéndolas casi como imposibles, deberían reconocer que los requisitos exigibles no fueron tan insalvables y que las candidaturas independientes que nacieron “muertas”, gozan de cabal salud.

No fue fácil el camino, pero tienen carta de naturalización. En una primera etapa 17 personas se propusieron emprender la compleja empresa de ser candidatos independientes a gubernaturas; sin embargo, sólo se registraron en Baja California Sur, Campeche y Nuevo León. 122 ciudadanos se apuntaron para participar en la elección de diputaciones federales. El INE aprobó a 52 que cumplieron los requisitos necesarios, y debían obligadamente encontrar antes del 27 de febrero el apoyo de cuando menos el 2% de la Lista Nominal del Distrito por el que contenderían. Sólo 22 obtuvieron el registro. Los candidatos independientes para diputaciones locales de mayoría relativa fueron 29 y estos estuvieron repartidos en 9 entidades.

Entre municipios y delegaciones participaron 71 candidatos independientes. Es decir, en total hubo 125 ciudadanos que compitieron por algún cargo sin el apoyo de un partido político. Las condiciones de los candidatos independientes frente a los postulados por los partidos carecen de uno de los principios esenciales del sistema democrático: la equidad. La desproporción de apoyos y las dificultadas para alcanzar los recursos suficientes para competir, generaron una balanza inclinada desde el comienzo. Por ello, solamente ganaron 6 independientes en diversos niveles. Varios de los que obtuvieron el registro hicieron campañas de igual o peor chunga que la de sus competidores partidistas. Ni siquiera presentaron programas de trabajo.

Pero el coscorrón está ahí para el sistema de partidos; descalabro en el caso de Nuevo León, que por su importancia económica y geográfica impacta en todo el país, inaugurando una nueva etapa. Por supuesto que la asunción de los candidatos independientes en el caso mexicano debe ser valorado en justa dimensión; los personajes que han encabezado éstas épicas gestas no lo son tanto, sino más bien candidatos disidentes. En estricto sentido, “candidatos sin partido”. Frente al deterioro del sistema de partidos, no han emergido perfiles frescos o novedosos, salidos de “la más pura sociedad”, aquella que se define a si misma como la “no contaminada”. Los principales casos de quienes ganaron bajo esta figura son personajes políticos de amplia trayectoria partidista y cargos públicos, de colmillo retorcido como El Bronco Rodriguez Calderón (Nuevo León), Manuel Clouthier Jr (Sinaloa), Alfonso Martínez (Michoacan), entre otros. No es pues el caso español dePodemos con Pablo Iglesias, o Ciudadanos de Albert Rivera, acá las candidaturas independientes es el cauce afortunado que han tomado los rebeldes en sus partidos, los indisciplinados y los asqueados con el manejo arbitrario de dirigentes, la falta de transparencia y rendición de cuentas de las cúpulas partidistas, la colusión de intereses entre corruptos. A mi me parece que ese fenómeno es un gran acicate a los partidos.

De entre las decepciones que lamentan los militantes partidistas es la forma cómo los grupos se han adueñado de los cargos y candidaturas. Esa dinámica que olvida méritos e imagen pública de quienes tienen entre la ciudadanía respeto y apoyo, pero prefiere a los incondicionales, con los que se pueden imponer cualquier decisión y defender intereses estrictos. Sin asegurar que los independientes vendrán a mejorar la calidad de la propuesta programática en campañas electorales, o el ejercicio mismo de las funciones públicas, es claro que por lo menos obligarán a que los partidos políticos en México, dejen de estarse viendo sólo el ombligo.

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